Cuando por fin nos decidimos a empezar, era Septiembre y tenía 40 años. Decidí consultar a un ginecólogo, no sé por qué la verdad. Eso fue el principio de un largo y tortuoso camino pero con perspectiva entiendo que fue la opción más adecuada. Tuve que buscar a uno nuevo porque mi empresa había cambiado de seguro médico en Enero. En Marzo había ido a uno por una revisión de unos bultos en mi pecho. Eso es otra cosa importante de mi relación con los ginecólogos: mi madre y mi tía paterna han tenido cáncer de pecho y tenerlo yo es algo que me produce pánico. Al más mínimo bulto me planto en urgencias. Pero en Marzo, no, mantuve la calma y busqué un ginecólogo y fui de visita regular. Era un señor de cincuenta y tantos. Me examino los pechos y me dijo que no tenía nada. También me dijo que no me quedaban muchas reglas. Literal, sin contexto, sin ninguna prueba, "No te quedan muchas reglas". Me dijo que me echase cremas hidratantes en los pechos porque pronto se me empezarían a caer. Pensaréis que no pudo ser así pero eso es lo que me pasó. Hice muchos chistes contando esta historia a mis amigos, se convirtió en una de mis mejores anécdotas, pero ahora recordando, esa fue la primera vez que un ginecólogo me llamó vieja. Y bien pensado ni siquiera creo que sea su culpa. Los ginecólogos no leen frases de Pinterest ni ven pelis de Divinity así que no saben que los cuarenta son los nuevos treinta o veinte o por donde vayamos ya. Ellos solo saben de biología. Y supongo que biológicamente soy más vieja que joven.
Así que en Septiembre busque una nueva ginecóloga en un centro cerca de mi casa. Sí, ginecóloga porque después de la sensibilidad del hombre de las pocas reglas, preferí que fuese mujer. Y allí fui, sola a contarle mi historia, mis planes, de mujer a mujer. Pero no salió cómo me lo imaginaba. La verdad es que la empatía no es patrimonio de un género.
Durante todas mis visitas a los ginecólogos a los que he ido, siempre he comprobado que tienen fotos de sus hijos en el despacho. En mi situación siempre me ha parecido un gesto de ostentación y poca empatía. Sé que es una absurdez pero ver las fotos de sus hijos siempre me pone triste y siento que no van a poder entender cómo me siento.
Recuerdo tanto aquella sala de espera. Llegué muy pronto. Había cuatro personas delante de mí. Intenté utilizar mi atención plena para memorizar cada aspecto de la habitación, cada detalle de aquellas personas, cada movimiento. No quería olvidar nada de aquel momento, destinado a ser uno de los días más importantes de mi vida.
Recuerdo tanto aquella sala de espera. Llegué muy pronto. Había cuatro personas delante de mí. Intenté utilizar mi atención plena para memorizar cada aspecto de la habitación, cada detalle de aquellas personas, cada movimiento. No quería olvidar nada de aquel momento, destinado a ser uno de los días más importantes de mi vida.
Mi psicóloga era seria y fría. Escuchó mi historia sin emoción, como quien ha escuchado lo mismo mil veces, lo que bien pensado seguramente sea cierto. Me dijo que me iba a hacer una ecografía. Y ahí empezó la historia de mi mioma de trece centímetros. El fantasma que habita dentro de mi y que se ha convertido en el centro de mi vida.

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