viernes, 16 de marzo de 2018

Un camino largo



Conseguir un TAC en dos semanas dentro de mi seguro no fue nada fácil. La única cita que conseguí fue un Martes a las seis de la tarde. Ese Martes en concreto tenía que dar un curso en el trabajo y no me lo podía saltar sin dejar tirado a un compañero. Al TAC había que ir en ayunas y tenía que utilizar un enema esa mañana antes de ir al trabajo y otro al mediodía. Así que me pasé el día en el curso sin comer y en el mediodía me tuve que poner un enema tumbada en el frío suelo del baño del trabajo. Otra cosa que perdí en este proceso además del control de mi vida, fue la dignidad como persona.

A las seis fui a que me hiciesen el TAC en la otra punta de Madrid, en la hora punta del tráfico. Una hora en el tubo, intentando mantenerme tranquila, todo bien. Recuerdo que tenía pánico a que los enemas no hubiesen funcionado correctamente porque era mi primera vez y no había notado un gran efecto, ya me entendéis, y la radióloga no tuviese visibilidad suficiente y todo se retrasase un mes más, de aquella un mes más parecía una sentencia de muerte. Pero el enfermero me dijo que todo había salido bien. Cuando acabé volví a vestirme y en el espejo vi que toda mi piel estaba roja y de repente me di cuenta de que me picaba todo. Llamé al enfermero y le pregunté si era normal y me dijo que no. Así que llamaron a Urgencias y me llevaron hasta allí en silla de ruedas.  Al principio me lo tomé como una broma e intenté reírme de mi mala suerte. Después de una hora en Urgencias, me diagnosticaron alergia al contraste del TAC. Intentaron pincharme Urbason pero no me encontraban las venas así que me hicieron mucho daño buscándolas en los brazos y en las piernas. Eran las ocho de la tarde, estaba en ayunas y tenía mucha hambre y las enfermeras me estaban haciendo daño. Así que de repente me eché a llorar desconsoladamente y decidí irme. Fui todo el trayecto en el coche de vuelta a casa callada, enfadada pero sin saber muy bien ni con quien ni con que, sólo enfadada.


Ahí fue la primera vez en este proceso que me sentí muy cansada. No había habido ningún paso hasta entonces que hubiese sido sencillo y no me sentí capaz de seguir. Pero no había otra opción.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El fantasma en mi interior




No me digáis que tenéis amigas que han tenido niños con miomas muy grandes. He oído esta historia 100 veces. Es decir, decídmela a mi si queréis pero a quien tenéis que convencer es a mis ginecólogos que son los que no se lo creen. Mi ginecóloga aquel día, por ejemplo, no se lo creyó. Ella me dijo que ese mioma podía afectar a mi fertilidad y al embarazo. Me dijo que al ser tan grande, si lo extirpábamos podría haber complicaciones y podría perder el utero. Y que si todo iba bien tendría que esperar un año antes de intentar tener hijos. Me dijo que también habría opción de embolizar la vena pero que también era peligroso, doloroso y que habría que esperar después para concebir. Me dijo que si no lo extirpábamos y de milagro me quedaba embarazada sería un embarazo de riesgo y tendría que estar nueve meses en reposo absoluto. Bueno, no nueve, los que fuesen, porque seguro que con ese monstruo come espacio dentro de mi serían menos meses. Me dijo que no sabía que hacer y que necesitaba mi historia médica para ver a que ritmo estaba creciendo para tomar una decisión. Todo esto desde la seriedad y distancia más absolutas.

Cuando salí de allí lloré mucho. Vosotros ya sabíais que algo iba mal si no, no os estaría contando esta historia, pero yo había entrado allí con toda mi ilusión. Pensaba que sería complicado, de acuerdo, pero no que ni siquiera me dejarían empezar. Ninguna opción era buena, cada cual peor. Creo que entonces pensé que operarme era lo mejor. Un año más, no era nada (sin comentarios) y pensé que con mi historial de trastornos, encerrarme nueve meses en casa con esa tensión me volvería loca.

Mi chico es más pragmático que yo, paso a paso, nos pusimos a buscar la historia médica. Resulta que con el cambio de Seguro médico mi historia no estaba disponible fácilmente. Había dos alternativas, rellenar unos papeles y esperar un mes (otro mes) o pedir cita con mi antigua ginecóloga previo pago de 125 euros y que ella me copiase en un papel lo que pusiese en el ordenador. Todo facilidades. Intenté las dos. 
Yo no recordaba haber sabido que tenía un mioma. Os parecerá absurdo pero supongo que tan obsesionada como estaba con el cáncer de pecho, cualquier otro mensaje no me caló. Porque cuando vi a mi ex-ginecóloga, allí estaba en su informe, doce centímetros el año pasado y ocho hace dos. Cuando le pregunté por qué no lo habíamos hablado antes, me dijo que no le pareció importante porque nunca dije que quisiese ser madre ni mencioné dolores “especiales” más allá de la regla. Me sentí traicionada: a lo mejor si me hubiesen dicho que buscar. Se ve que sólo importas si quieres ser madre. Me volvió a sorprender la frialdad con lo que me trataba, pero bueno entendí en este caso no quería que yo hiciese demasiadas preguntas por si la había liado. 

Me deseó suerte como a los desahuciados o así me sonó a mi que soy muy exagerada.

lunes, 12 de marzo de 2018

El siguiente escalón




Conseguir un TAC en dos semanas dentro de mi seguro no fue nada fácil. La única cita que conseguí fue un Martes a las seis de la tarde. Ese Martes en concreto tenía que dar un curso en el trabajo y no me lo podía saltar. Al TAC había que dar en ayunas y había que utilizar un enema esa mañana antes de ir al trabajo y al mediodía. Así que me pasé el día en el curso sin comer y en el mediodía me tuve que poner un enema en el suelo del baño del trabajo. Otra cosa que perdí en este proceso además del control, fue la dignidad como persona.

A las seis fui al TAC en la otra punta de Madrid. Una hora en el tubo, intentando mantenerme tranquila, todo bien. Tenía miedo a que los enemas no hubiesen funcionado correctamente porque era mi primera vez y la radióloga no tuviese visibilidad pero el enfermero me dijo que todo había ido bien. Cuando acabé volví a vestirme y en el espejo vi que toda mi piel estaba roja, me di cuenta de que me picaba todo. Llamé al enfermero y le pregunté si era normal y me dijo que no. Así que llamaron a Urgencias y me llevaron hasta allí en silla de ruedas. Después de una hora en Urgencias, me diagnosticaron alergia al contraste del TAC Intentaron pincharme Urbason pero no me encontraban las venas. Así que me hicieron mucho daño buscándolas. Eran las ocho de la tarde, estaba en ayunas y tenía mucha hambre y las enfermeras me estaban haciendo mucho daño. Así que de repente me eché a llorar desconsoladamente y decidí irme.  

Ahí fue la primera vez que me sentí muy cansada. No había ningún paso que fuese sencillo y no me sentí capaz de seguir.


sábado, 10 de marzo de 2018

El diagnóstico en línea



Con mi historia médica, volví a mi nueva ginecóloga. Esta vez fue aun peor que la anterior. Con toda la información seguía sin saber qué recomendarme. A veces uno pensaría que la medicina tendría que ser un ciencia exacta que habrá un libro que diga "Mioma, trece centímetros, en esta zona, hacer esto" pero no. Cuando estás metido en médicos te das cuenta que todo se merece más a House, a prueba y error, esperando que no te pase nada. Mi ginecóloga mando mi ecografía por whatsapp a unos colegas médicos a ver que le recomendaban, allí delante de mi. Pero se ve que estaban trabajando porque nadie le respondió. Así que sin una respuesta me mandó a ver a una radióloga intervencionista para que me dijese si embolizar era una opción. 

Pero contactar con la radióloga no era nada fácil. Si tenéis hijos en edad de comenzar una carrera pensad en esta, porque es un chollo: sólo hay una en Madrid, atiende un día al mes y no está en ningún seguro, por lo que cada sesión son 125 euros. Encima, su secretaria sólo da vez con una semana de antelación por lo que no sabes qué día va a ser hasta siete días antes, así que durante un mes hay que cancelar todos los planes y dar prioridad absoluta a un médico para estar disponible cuando él decida llamarte. Durante el proceso de intentar quedarme embarazada perdí el control de mi tiempo y de mi vida. Si no quieres entrar en el juego, pasarán los meses y cada vez tendrás más presión. 

Pero esto no fue lo peor, o quizás sí pero no lo que más me dolió: cuando la secretaria de la radióloga notó mi ansiedad por tener la cita cuanto antes me preguntó por qué las prisas. Le contesté que porque todo el mundo me decía que se me estaba pasando el tiempo. Me preguntó cuantos años tenía. Le dije que 40. Y entonces exclamó, “Y, ¿Cómo has esperado tantísimo?¨ No supe qué contestar. Como ya sabéis es una historia muy larga. 


La radióloga me pidió un TAC abdominal. Una nueva prueba, una nueva odisea. 

jueves, 8 de marzo de 2018

Los pensamientos extraños


A veces tendrás pensamientos absurdos. Y no tiene que ver para nada con lo autónoma, independiente y feminista que te consideres. Yo me considero todo eso y aun así tengo pensamientos que no me enorgullecen. 

El más común es pensar que mi chico no puede tener hijos por mi culpa. Que si él se fuese con otra los tendría sin problemas y que a lo mejor es lo que debería hacer para que yo no destroce su vida y sus sueños, además de los míos. Este pensamiento siempre me pone en una situación de vulnerabilidad porque no me asusta ya solamente no poder tener hijos, si no que algún día me deje y me quede totalmente sola porque soy incompleta. 
Este pensamiento me hace sentir muy muy miserable. Os diría que no lo tuvieséis pero sé que esto no va así. Cuanto menos quieres pensar algo más te viene. Y sobre todo cuando técnicamente puede ser que sea verdad, que vuestra pareja no está tan condicionado por el tiempo como vosotros y que para él no sea tan difícil tener un hijo. No es una paranoia, es un doloroso caso real. 

Mi consejo en este caso es que lo habléis con él. Yo lo hablé con mi chico y a pesar de lo parco que es ahi si que me habló: me convenció de que esto tenía sentido si lo hacíamos juntos, que él sería feliz en cualquier vida que fuese a mi lado con niños y sin niños, y que yo era lo único que necesitaba en su vida, vamos, que no dijese tonterías. En aquel momento yo también sentí que sería feliz en cualquier vida con él. 


No empecéis este proceso con alguien que no tenga claro que nada puede salir mal mientras está a tu lado. Porque muchas cosas pueden salir mal y solamente alguien que se sienta así podrá ayudaros cuando os vengáis abajo. 

martes, 6 de marzo de 2018

El hombre de las pocas reglas



Cuando por fin nos decidimos a empezar, era Septiembre y tenía 40 años. Decidí consultar a un ginecólogo, no sé por qué la verdad. Eso fue el principio de un largo y tortuoso camino pero con perspectiva entiendo que fue la opción más adecuada. Tuve que buscar a uno nuevo porque mi empresa había cambiado de seguro médico en Enero. En Marzo había ido a uno por una revisión de unos bultos en mi pecho. Eso es otra cosa importante de mi relación con los ginecólogos: mi madre y mi tía paterna han tenido cáncer de pecho y tenerlo yo es algo que me produce pánico. Al más mínimo bulto me planto en urgencias. Pero en Marzo, no, mantuve la calma y busqué un ginecólogo y fui de visita regular. Era un señor de cincuenta y tantos. Me examino los pechos y me dijo que no tenía nada. También me dijo que no me quedaban muchas reglas. Literal, sin contexto, sin ninguna prueba, "No te quedan muchas reglas". Me dijo que me echase cremas hidratantes en los pechos porque pronto se me empezarían a caer. Pensaréis que no pudo ser así pero eso es lo que me pasó. Hice muchos chistes contando esta historia a mis amigos, se convirtió en una de mis mejores anécdotas, pero ahora recordando, esa fue la primera vez que un ginecólogo me llamó vieja. Y bien pensado ni siquiera creo que sea su culpa. Los ginecólogos no leen frases de Pinterest ni ven pelis de Divinity así que no saben que los cuarenta son los nuevos treinta o veinte o por donde vayamos ya. Ellos solo saben de biología. Y supongo que biológicamente soy más vieja que joven.

Así que en Septiembre busque una nueva ginecóloga en un centro cerca de mi casa. Sí, ginecóloga porque después de la sensibilidad del hombre de las pocas reglas, preferí que fuese mujer. Y allí fui, sola a contarle mi historia, mis planes, de mujer a mujer. Pero no salió cómo me lo imaginaba. La verdad es que la empatía no es patrimonio de un género. 
Durante todas mis visitas a los ginecólogos a los que he ido, siempre he comprobado que tienen fotos de sus hijos en el despacho. En mi situación siempre me ha parecido un gesto de ostentación y poca empatía. Sé que es una absurdez pero ver las fotos de sus hijos siempre me pone triste y siento que no van a poder entender cómo me siento. 

Recuerdo tanto aquella sala de espera. Llegué muy pronto. Había cuatro personas delante de mí. Intenté utilizar mi atención plena para memorizar cada aspecto de la habitación, cada detalle de aquellas personas, cada movimiento. No quería olvidar nada de aquel momento, destinado a ser uno de los días más importantes de mi vida. 

Mi psicóloga era seria y fría. Escuchó mi historia sin emoción, como quien ha escuchado lo mismo mil veces, lo que bien pensado seguramente sea cierto. Me dijo que me iba a hacer una ecografía. Y ahí empezó la historia de mi mioma de trece centímetros. El fantasma que habita dentro de mi y que se ha convertido en el centro de mi vida.

lunes, 5 de marzo de 2018

Los errores del pasado




Os he mentido, pero porque no lo recordaba. Sí que me arrepiento de algo. La primera vez que decidí ser madre fue con 38 años. Lo habíamos hablado e íbamos a empezar. Entonces era dos años más joven, la inseminación aún habría sido posible y el mioma era la mitad de grande. Pero bueno a esas historias ya llegaremos más adelante. Entonces me ofrecieron una oportunidad de desarrollo en el trabajo muy importante y después de mucho pensar e incluso llorar decidí aceptarla y aplazar lo de intentar ser madre. Supongo que podría utilizar una de las frases de Pinterest y decir que cuando una decisión te hace llorar quizás sea porque no es la adecuada. Pero eso, bueno, fue lo que decidí en aquel momento y tampoco fui capaz de anticipar el efecto de esos dos años. El trabajo, el reconocimiento laboral, es una parte muy importante de mi imagen personal y se me hizo muy duro dejar pasar mi gran oportunidad. Pero al final la oportunidad en el trabajo fue, resumiendo, una chorrada. Se redujo a unas reuniones de 30 minutos cada mes con un jefe que me escucha y poco más. Y no quiero despreciarlo porque supongo que es mejor que nada, pero siempre me arrepentiré de haber parado mi proyecto de vida por algo así. ¿Aprendí algo? Bueno, sí. A tomármelo en serio. Las siguientes oportunidades dije que no. Opté por un entorno laboral tranquilo y controlado con una jefa que me entiende y me apoya y no añadir más estrés a mi vida. Por supuesto que no pude decir en mi trabajo la verdadera razón por la que no me interesaban esas nuevas oportunidades y no sé cuánto eso me va a afectar en el futuro a mi carrera, pero lo asumo. Es mi decisión y pase lo que pase no culparé a nadie por ello. O eso intentaré. Últimamente me repito mucho que todo pasa por algo, así que me aferraré a eso.

Y no quiero decir que lo que estoy haciendo ahora sea lo correcto y no quiero dar lecciones a nadie. No sé qué historia estaría contando en caso de que la oportunidad hubiese sido una gran promoción, a lo mejor tengo la postura hipócrita del que ya sabe uno de los resultados. A lo mejor si no la hubiese cogido ahora tampoco sería madre y me arrepentiría. O peor, sería madre y amargada por haber parado mi carrera por culpa de alguien desagradecido que llora a todas horas y no me deja descansar. Así que si os pasa a vosotros, no me hagáis caso pero yo ya aprendí mi lección, yo no me arriesgo más.

domingo, 4 de marzo de 2018

Madre a los 40: el mea culpa


Decidí ser madre a los 40 años. Supongo que no debería tener que excusarme por ello, pero cada vez que se lo cuento a un médico me pone tonillo, así que supongo que sí que tengo que excusarme. La verdad es que nunca me sentí vieja hasta que empecé con este proceso, nunca sentí mi cuerpo tan distante y enemigo como hasta ahora, pero eso es otro tema. Otro día, otro post.


Desde los 29 hasta los 36 años tuve una depresión aguda. A los médicos les llevó años entender y explicarme qué me pasaba realmente. Hasta que conocí a un psiquiatra, Carrasco, el que me salvó la vida, y me diagnosticó un trastorno de personalidad borderline. Y aunque en un principio eso me hiciese sentir aún más miserable (un trastorno es como algo más intrínseco a tu persona, más tuyo; mientras que una depresión es algo que te pasa, y aunque te sientas fatal en ambos casos, el trastorno me hizo sentir como alguien con un defecto de forma, una tara, algo parecido a como me siento ahora de nuevo), pude empezar una terapia que me ayudó de verdad, de forma que a los 37 años volví a ser mi persona. Supongo que queda mejor dar razones más glamourosas para retrasarlo tanto como que decidí priorizar mi carrera pero os mentiría: durante todos esos años, no era capaz de cuidarme ni a mí misma, así que imaginaos a un bebé. Yo soy hija de un padre con un trastorno de personalidad y aunque adore a mi padre y entienda que no es su culpa lo que le pasa, no me veía criando a un peque en la misma montaña rusa emocional en la que había crecido yo, quería algo mejor para él. 

Y luego después de todo esto, pues me llevó un tiempo tener la vida que quería tener, que mi mundo se pareciese a un sitio donde un niño querría vivir. Y ese mundo llegó: Yo y mi chico, nuestro perro, nuestros gatos, nuestra casa con piscina... Pensaréis a lo mejor que no hace falta tanto, pero cuando vienes de estar tan bajo necesitas ciertas certezas, o al menos yo las necesitaba. Y con todo esto he cumplido 40 años. 

Supongo que pensareis que he resumido una etapa muy dura de mi vida en 15 líneas. Muchas veces he intentado hablar de cuando me diagnosticaron borderline. Entonces busqué testimonios de gente en Internet que me dijeran que lo habían superado y no los encontré y eso me hizo sentir aun más triste. Al final yo lo superé pero cuando quiero escribir sobre ello para compartirlo es como volver a entonces y me pongo triste y tengo que dejarlo. Pero yo lo superé y durante esa etapa aprendí a ser más fuerte y ser más feliz.  Me he hecho más resiliente. Creo que ser borderline me ha ayudado a pasar por todo esto conservándome a mí misma. Cada paso de este proceso ha sido difícil y doloroso pero he tenido fuerzas para dar el siguiente y creo que mucho de eso lo aprendí cuando superé ser borderline.

Y esta es mi excusa, aunque no la necesite. Y sé que todo esto lo hace más complicado, pero entonces era complicado por otras razones.
Y así es como llegamos a Septiembre del año pasado. Y aunque supiese que iba a ser complicado, no me lo imaginaba así. Esto es algo muy distinto. Es un vacío extraño, una montaña rusa de ilusiones y tristezas, distinta a lo que había vivido. Y yo que me creía dura.
Así que por eso decidí escribir este blog, para dar un poco sentido a este vacío. No se cuál será el final de esto, tendremos que descubrirlo juntos. Espero que sea cual sea, sea un final feliz...